Empecé con código. Lo odié. Luego entendí para qué servía.
Por Álvaro Ares
Mi primera web la hice con Dreamweaver siendo menor de edad. El cliente era una tienda de ropa local en Bilbao. No sabía lo que era JavaScript ni PHP — solo HTML y CSS — pero sabía lo suficiente para construir algo que funcionara y que alguien pagara por ello.
Durante años, el código fue una herramienta que usaba cuando no me quedaba otro remedio. Lo que me gustaba era el diseño — la dirección visual, la composición, el criterio. El código era la parte que había que sobrevivir para llegar ahí.
Tardé tiempo en entender que estaba mirando mal la ecuación.
Lo que cambia cuando entiendes lo que diriges
Hay una diferencia enorme entre diseñar algo y saber cómo funciona lo que diseñas.
Un director que solo trabaja en Figma entrega archivos. Un director que entiende el código tiene conversaciones distintas — sabe qué es trivial de implementar y qué no, detecta antes cuándo una decisión de diseño va a crear un problema en producción, y puede proponer soluciones en lugar de limitarse a describir problemas.
No hablo de saber programar. Hablo de tener el suficiente criterio técnico para dirigir con propiedad.
Eso lo aprendí a base de haberlo hecho mal primero.
Interfaces que funcionan de verdad
A lo largo de mi carrera he desarrollado webs para estudios de animación, experiencias interactivas, interfaces para aplicaciones VR educativas y herramientas propias de gestión. En la mayoría de los casos, el proceso era el mismo: diseño en Illustrator para tener una dirección visual clara, luego construcción funcional — en Unity para VR, en código para web.
Lo que me enseñaron esos proyectos no fue técnico. Fue de criterio.
Pensar en cómo un usuario va a moverse por una interfaz, dónde va a mirar primero, qué le va a confundir, cómo hacerle la vida más fácil — eso no lo resuelve ninguna herramienta. Lo resuelve entender a la persona que está al otro lado de la pantalla. Da igual si es un ecommerce, un menú de videojuego, una interfaz educativa o una webapp interactiva. Las preguntas son las mismas.
Lo que cambió con la IA
Esta web es el ejemplo más claro de cómo trabajo ahora.
Vibe coding no es pedirle a la IA que haga una web. Es tener una dirección artística clara y usar la IA como el empleado más rápido que has tenido — uno que puede llevar tus ideas a pantalla sin que tengas que pasar horas mirando foros buscando por qué un div no se comporta como debería.
He tardado casi lo mismo que si la hubiera codificado a mano. Pero he podido apuntar más alto. Hay interacciones en esta web que antes habrían quedado en el tintero porque el coste de implementarlas no justificaba el resultado. Ahora las puedo dirigir porque entiendo lo que pido y sé cuándo el resultado no está bien.
La diferencia no es velocidad. Es que me siento dirigiendo el proyecto, no sobreviviendo a él.
Por qué el código importa aunque no lo escribas
Hay una razón por la que los mejores directores creativos que conozco tienen al menos un área técnica profunda — sea código, CGI, motion o producción. No para hacer el trabajo ellos mismos, sino para hablar con propiedad de lo que dirigen.
El código me da eso en interfaces y experiencias digitales. Sé lo que es posible, lo que es costoso y lo que es una mala idea aunque se vea bien en pantalla. Puedo tomar decisiones informadas en lugar de confiar en que alguien más me diga si algo funciona.
Y cuando algo no funciona, sé exactamente por qué.
Lo que aprendí odiándolo
Hubo un momento en que aborrecí el código. No el diseño — el código. La lógica fría, los errores incomprensibles, la distancia entre lo que imaginabas y lo que aparecía en pantalla.
Lo que no entendía entonces es que esa frustración era parte del aprendizaje. Que el código no era el enemigo del diseño — era el idioma en el que el diseño tenía que vivir.
Aprenderlo a disgusto me dio algo que no habría conseguido de otra forma: respeto por la complejidad de lo que dirijo. Y eso, al final, es lo que hace mejores las decisiones.